La intervención de Rafael López Aliaga en el debate presidencial dejó una imagen incómoda para su candidatura: la de un postulante que entró al escenario con tono indeciso, terminó atrapado por los ataques sobre su paso por la Municipalidad de Lima y por sus propias evasivas. La noche no lo mostró como un candidato que busca la presidencia, sino como una persona sin propuestas, incapaz de resolver los problemas del país. Envuelta en la sombra del racismo, la mentira y la falta de liderazgo.
El golpe más directo vino de Álex Gonzales. Apenas tomó la palabra, desmontó el libreto de López Aliaga y lo ubicó en el terreno más dañino: el de las denuncias, la gestión cuestionada y la pérdida de credibilidad. Le atribuyó una “lista interminable de denuncias”, lo señaló por una investigación vinculada a S/ 4 mil millones y lo remató con una frase demoledora: “¿Quién le puede creer a un mentiroso?”. 
La acusación de Gonzales no quedó en el plano abstracto. También conectó ese cuestionamiento con una de las imágenes más castigadas de la gestión municipal de López Aliaga: los “trenes chatarra”. En el debate lo responsabilizó de haber dejado “Lima como potencia mundial del crimen” y de cargar con el lastre de esos trenes, una frase que condensó dos flancos a la vez: seguridad fallida y decisiones de gestión bajo sospecha pública. 
Lo más delicado para López Aliaga no fue solo el ataque, sino su respuesta. En lugar de desmontar con datos cada señalamiento, optó por refugiarse en una fórmula genérica: “Vamos a propuestas concretas y no difamaciones”. Pero esa salida sonó más a escape que a contraataque, porque no refutó de manera específica ni el tema de los trenes, ni el señalamiento por la investigación fiscal, ni la crítica sobre el deterioro de Lima en seguridad. 
La fragilidad de esa defensa se agravó cuando la crítica ya no vino de un rival, sino de la propia moderación. Consultado por su promesa incumplida de cerrar Las Malvinas, enclave históricamente vinculado a la reventa de celulares robados, López Aliaga prefirió no responder. Dijo dos veces: “Prefiero no usar mis treinta segundos”. En un debate, ese silencio pesó más que cualquier consigna de mano dura. 
Ese episodio terminó validando, por omisión, la línea de ataque de sus contendores. Porque si Gonzales lo había retratado como un candidato de promesas grandilocuentes y credibilidad erosionada, la negativa a responder sobre Las Malvinas reforzó exactamente esa percepción: dureza verbal para ofrecer castigo, pero incomodidad visible cuando se le exigieron cuentas sobre su propia gestión. 
Yonhy Lescano se sumó luego a la ofensiva con otra frase que volvió a poner a López Aliaga contra las cuerdas. Al aludir a pagos por “100 millones de soles a estudios jurídicos gringos” y a la llegada de “trenes chatarra”, no solo atacó una decisión concreta de la administración limeña, sino que buscó instalar la idea de un candidato que gastó mucho, explicó poco y ahora pretende presentarse como paladín anticorrupción. 
José Williams también aportó un golpe distinto, menos estridente pero políticamente eficaz. Cuestionó la propuesta de López Aliaga de llevar la capital y los ministerios a Junín y la calificó como una manera de “jugar con el interés y los anhelos de la población”. No fue un insulto, pero sí una descalificación seria: presentó a López Aliaga como un candidato que ofrece proyectos espectaculares sin anclaje real en las urgencias del país. 
Así, el debate fue acumulando una misma conclusión desde distintos frentes. Gonzales lo atacó por las denuncias, la deuda y los trenes; Lescano por el gasto y la mala compra; Williams por la inviabilidad y el populismo de sus ofertas. Distintos estilos, mismo blanco: la credibilidad de López Aliaga. Y lo más grave para él es que no consiguió cerrar ninguna de esas heridas con una respuesta sólida. 
El problema de fondo es que los ataques no surgieron en el vacío. Días antes del debate ya se había conocido que la Fiscalía Anticorrupción dispuso investigarlo por el endeudamiento de S/ 4 mil millones en la Municipalidad de Lima a través de bonos, en un caso por presunta colusión y negociación incompatible. Eso explica por qué el golpe de Gonzales no sonó aislado, sino conectado con un cuestionamiento que ya estaba instalado en la agenda pública. 
A ello se suma otro desgaste previo: la ola de críticas que recibió por afirmar que en los cuarteles se la pasan “haciendo estupideces”. Esa frase ya había provocado rechazo de actores políticos, entre ellos José Williams, Keiko Fujimori, Roberto Chiabra y Fernando Rospigliosi, que la calificaron de irrespetuosa, ofensiva o muestra de desconocimiento. Es decir, López Aliaga llegó al debate ya golpeado por un problema de forma y de juicio político. 
El saldo final fue severo. López Aliaga quiso aparecer como el candidato del orden, pero terminó retratado por sus rivales como un político bajo sospecha, marcado por promesas sin cumplir, decisiones cuestionadas y respuestas evasivas. En vez de imponer el debate, quedó sitiado por él. Y en una campaña donde la confianza vale tanto como el discurso, esa fue quizá su peor derrota de la noche.


