Debate presidencial: más ruido que propuestas

La primera fecha del debate presidencial organizado por el Jurado Nacional de Elecciones reunió a 11 candidatos en el Centro de Convenciones de Lima, desde las 8:00 p. m., con dos ejes centrales: seguridad ciudadana y lucha contra la criminalidad, además de integridad pública y lucha contra la corrupción. El diseño buscaba promover el voto informado antes de los comicios del 12 de abril. 

Pero el resultado político de la noche fue menos edificante de lo que el formato prometía. En vez de un contraste nítido entre planes de gobierno, lo que predominó fue una competencia por el golpe verbal, el apunte hiriente y la frase destinada a viralizarse antes que a convencer. 

La advertencia previa del presidente del JNE, Roberto Burneo, fue clara: pidió respeto y que primen las ideas para que “el ciudadano salga ganando”. Sin embargo, esa expectativa chocó con una dinámica en la que varios candidatos privilegiaron la demolición del adversario por encima de la exposición seria de soluciones. 

Uno de los cruces más duros fue el de Fernando Olivera, quien llamó a Wolfgang Grozo “un experto en mentir” y luego elevó aún más el tono al acusar a César Acuña de liderar una “organización criminal”, además de referirse a la UCV como “lavandería”. Fueron expresiones de alto voltaje que empujaron el debate hacia el terreno de la denuncia y el escándalo. 

Wolfgang Grozo respondió en la misma lógica confrontacional al afirmar que “los que hoy hablan de luchar contra la corrupción, son los mismos que viven de ella”. La frase condensó el tono general de la jornada: acusaciones amplias, fuerte carga emocional y escasa precisión sobre cómo desmontar las redes corruptas desde el Estado. 

Otro momento áspero fue el choque entre Marisol Pérez Tello y José Luna. La cobertura posterior del debate resumió ese intercambio con dos etiquetas demoledoras: “la ministra de Odebrecht” y “el defensor de leyes procrimen”. El problema no fue solo la agresividad, sino que esa tensión terminó consumiendo un espacio que debió servir para explicar propuestas viables. 

Yonhy Lescano también se sumó al tono beligerante. En uno de los intercambios más comentados lanzó contra Alfonso López Chau la frase “Le mintió al país”, mientras en otros pasajes reivindicó no haberse enriquecido en la función pública y cuestionó a rivales por “engañar al pueblo peruano”. La noche confirmó que la indignación fue usada como principal recurso argumental. 

Carlos Álvarez, por su parte, protagonizó otro de los momentos más comentados al responder a sus adversarios con la frase: “A mí Abimael Guzmán nunca me agradeció por sus servicios”. La sentencia, de fuerte carga política, sirvió para tensar aún más el intercambio y desplazar la discusión desde la gestión pública hacia los antecedentes y el descrédito personal. 

En el bloque de José Williams y Alfonso López Chau también pesó más el señalamiento que la explicación programática. López Chau lo emplazó con la pregunta “¿Por qué cobra dos sueldos? Renuncie a uno. ¿Qué corona tienen los militares?”, y Williams replicó que su adversario no distinguía entre pensión y remuneración. Fue un cruce rentable en impacto, pero pobre en contenido. 

Rafael López Aliaga mantuvo su estilo de confrontación frontal al cargar contra quienes, según dijo, llevan “30 años viviendo de la teta del Estado”. Álex Gonzales, en tanto, apeló a un discurso punitivo y efectista con expresiones como “¡Basta de hueveo!” y la consigna “o la cárcel o el cementerio” para los delincuentes. Ambas intervenciones mostraron que la mano dura sigue siendo una moneda electoral de alto rendimiento. 

César Acuña no quedó al margen del impacto mediático. Su frase sobre la anemia —resumida en la conversación pública como “la anemia se combate comiendo”— terminó convertida en uno de los episodios más viralizados de la noche, con una reacción inmediata en redes sociales que ridiculizó la simplicidad de su planteamiento frente a un problema estructural de salud pública. 

Y allí aparece una de las conclusiones más severas del debate: la campaña parece haber asumido que hoy se gana más atención con una frase fácil de compartir que con una propuesta difícil de sostener. El incentivo ya no es explicar mejor, sino golpear más fuerte. Ese cálculo puede servir en redes, pero empobrece la deliberación democrática. 

Paradójicamente, el segmento que más acercó el debate a la ciudadanía fue el de preguntas ciudadanas, porque obligó a los postulantes a salir del libreto del ataque y responder asuntos concretos. Aun así, varios de ellos desperdiciaron esa oportunidad con respuestas generales, lugares comunes o fórmulas sin mayor desarrollo técnico. 

Lo que dejó esta primera jornada no fue una hoja de ruta clara para enfrentar la inseguridad y la corrupción, sino el retrato de una contienda fragmentada, agresiva y dominada por la lógica del impacto inmediato. El debate debía ayudar a elegir mejor; por momentos, más bien confirmó por qué tantos ciudadanos siguen desconfiando de la política.

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